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Fragmento del libro “Nosotras que nos queremos tanto”, de Marcela Serrano.

Sí, dicen que estoy enferma. Que debo “curarme” para entrar de nuevo en las filas de los socialmente aceptados. Dicen cantidades de cosas. Dicen que soy un monstruo de egoísmo. Dicen que he gastado toda la energía del mundo en ser distinta, en tirar la fuerza encima con arrogancia y agresividad, que eso lo hacen los hombres. Dicen que he sabido mucho de amores fáciles y muy poco de amores reales. Dicen que uno debe tener su propia historia y ser dueña de ella y que yo comprobaré con horror un día que la mía solo puede ser contada a través de los hombres. Y que será tarde. Que no tengo identidad. Que por eso he conquistado a tanto hombre, porque sólo la mirada de ellos me devuelve una imagen. Dicen que si me quedo sola, me borro. Y no me veo. También han dicho que soy mala. Que me reafirma que los demás me odien, porque discrimino, porque me aburro, porque no tengo piedad con los seres comunes y corrientes. Porque digo la verdad y esa es una tiranía para los demás. Dicen que soy fría. Que no es normal que no me haya establecido. Que busco desesperadamente el calor de afuera por si derritiera mi hielo interno. Sin embargo, el frío me da miedo. Dicen que no puedo sentir, que tengo costras tan gigantescas adheridas al mi alma, que ni el aceite hirviendo las derretiría. Dicen que llegó un príncipe azul. Que trató de salvarme y yo no se lo permití. Dicen que mi gran pecado es que yo no puedo amar. Que he gastado ya todos los impulsos. Dicen que yo era la niña de copas la niña de la alegría. Que ahora sí debo echarle la mano a mis dolores.

Bueno, dicen tantas cosas. No estoy interesada en dar la razón a unos o otros. El resultado de esta larga queja, de este medio decir, depende de que se me dé o no la posibilidad de traducir en palabras mi desorden. Pero ellos dicen saber lo que tengo y no necesitan oír lo que yo tengo que decir. Mi único recurso es desaparecer como hablante y callar. Aunque a mi nadie me escuche yo tengo mi propio diagnóstico.

Nací con el síndrome del Rey Midas. Todo lo que toqué se convirtió en oro. Me quede en el brillo lo más que pude hasta que me helé.

Yo no fui tocada por la gracia de Dios.

¡Y ojalá les digas a todos que soy una puta, una hija de la chingada, y así evitar que se me acerquen todos los pinches pendejos que no valen la pena en esta jodida ciudad!

Hoy… me encuentro en la infinita densidad de tus pupilas de polvo espacial, donde todos mis deseos inmersos en tu pretencioso corazón, que alguna vez me pertenecio, tienen la posiblidad de concretarse no en una visión, pero en mi oxígeno. Un sustantivo táctil, un sentir inventado por mi intangible, pero suceptible capacidad de percibir.

La realidad que me invade se torna en mía… la ahogo con mi escencia, la modifico conforme a los sentimientos que fluyen por mis arterias multicolor, esos que densan la fluidez de mis fljuidos rojos de vida. Aquellos que hacen ser a mi organo inhibidor de obscuridad, aquel que me provoca malestares cada vez que recuerdo tu ausente, pero constante, presencia.

Recien soñé que tenía sexo con Rene Pérez Joglar…

Revista Viceversa

La revista que realicé con dos de mis mejores amigas, esta es la primera edición.